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jueves, 16 de junio de 2011

UN PAIS DE ESPALDAS A SI MISMO

El planteo del Presidente de la República de gravar con un impuesto a los propietarios de extensiones de tierra de más de 2000 hás tiene a nuestro juicio, dos abordajes para su análisis. El primero, que ha sido el centro de los debates de los últimos días, es el impuesto en sí mismo, sus fundamentos, destinos, objetivos más allá de la recaudación, justicia, etc. El segundo, a mi entender un producto “secundario”de la discusión generada, es la visión y la información que de la agropecuaria se mantiene desde vastos sectores de la sociedad y su clase política dirigente.

Entrando en el análisis del impuesto en sí mismo lo primero que aparecen son preguntas que no han sido claramente respondidas por los defensores de la propuesta; ¿cuáles son los objetivos del impuesto? , ¿por qué se dividen los productores en más de 2000 y menos de 2000 hás?, ¿cómo y quiénes administrarán los fondos recaudados?.

En un principio el presidente Mujica planteó el impuesto como un aporte de los grandes emprendimientos agropecuarios a las necesarias y cuantiosas obras de infraestructura que necesita el Uruguay para sostener el crecimiento de su producción agropecuaria. La recaudación planteada, unos US$ 60: no tendría en realidad demasiado impacto ya que se estiman entre US$ 1500: y US$ 3000: para esos fines. En un segunda instancia se dijo que además abarcaría el desarrollo rural incluyendo al INC y por último, en lo que parece ser el objetivo con mayor peso ideológico, se argumenta que se trata de medidas para frenar el proceso de concentración de la tierra.

La recaudación objetivo, US$ 60:, dividida por lo que el Ec. Frugoni plantea como cobro por há, unos US$8, abarcaría unos 7,5 millones de hás, algo así como el 50% de la superficie agropecuaria del País, lo que no es consistente con el resto de las cifras manejadas en cuanto al número de productores o el importe por há. La agricultura y la forestación, “culpables” del deterioro de la caminería rural, no abarcan sumadas más de dos millones de hás, de las cuales seguramente un porcentaje importante cae fuera de los límites del impuesto, por lo que, como bien lo dijo el Cdor. Astori, los ganaderos soportarán sobre sus empresas el grueso de la recaudación planteada.

El mecanismo elegido para combatir la concentración de la tierra por medio de un impuesto como éste, es por lo menos de muy dudosa eficacia y si analizamos anteriores experiencias, en realidad tiende a aumentar la propiedad en manos de grandes empresas cuyos capitales provienen del exterior, con proyectos de largo plazo y que miden su rentabilidad con otros parámetros que el inversor local.

Tampoco quede claro porque se elige el límite de 2000 hás y no 2500 o 1800, no hay un fundamento, ni siquiera uno, para explicar el límite elegido. Se repite el error de franjear productores como en los apoyos por la sequía y otras tantas veces.

En fin, el instrumento es inhábil para los fines propuestos porque no va cumplir con ninguno de los objetivos declarados, con el agravante que nos muestra un quiebre de la política fiscal, erosionando la credibilidad y generando la sensación que hoy les toca a los de más de 2000 hás pero ya no habrá una certeza en la materia.

No menos importante resulta comprobar el preocupante nivel de desinformación de nuestra clase dirigente acerca de la principal actividad económica del País. En estos días hemos escuchado a diputados, senadores y hasta ministros, referirse a las ganancias del sector manejando cifras absolutamente alejadas de la realidad; confundiendo aumento en los precios con ganancias, productividad con rentabilidad, producto bruto con margen sectorial, y la lista podría seguir. La población, bombardeada con cifras desopilantes de la bonanza de la agropecuaria, no duda en apoyar que se les saque a los que más tienen y además “casi no aportan”.

El Uruguay vive una fiesta de consumo, hay que esperar para comprar un auto 0k, los “nuevos uruguayos” tienen LCD y 2 celulares, y por suerte mucho más; y nadie se pregunta quién paga la fiesta? ¿ quién pone los dólares baratos para comprar todos esos artículos? La respuesta es muy clara, el sector exportador, del cual el agro es la principal base, genera los recursos a través de un atraso cambiario que algunos no dudan en calificar como muy importante.

El asunto es que nos hemos acostumbrado a vivir de espaldas al campo, si un uruguayo se va del País extraña la rambla y el Cabo Polonio, nunca los verdes campos. Si un habitante de l Uruguay entra a una oficina de Montevideo de bombacha y botas, lo mirarán como un bicho raro pero si entra vestido como un paisano de EEUU no les llamará la atención. Hacemos excursiones y hasta filmaciones de los niños de las escuelas rurales para que conozcan el mar y nos emocionamos al ver sus caritas de asombro, ni se nos ocurre organizar algo para que los niños de Pocitos, por ejemplo, conozcan el campo de su país. No basta con cantar “la maldición de Malinche”, hay que darse cuenta que con ésta forma de pensar y actuar, cada vez más los que estamos en el campo vamos siendo casi extranjeros en nuestra propia tierra.